domingo, 25 de noviembre de 2012

En la casa rural


Me tocaba a mí salir a por troncos de madera. Eso se había elegido por “votación popular”. Todos nosotros estábamos atrincherados bajo mantas en la casa del campo, juntos, en la misma habitación: Luis, Miguel, Ana, Antonio y Noelia.

Habíamos alquilado una casa rural en las afueras de la ciudad, para pasear por el monte, pero hacía ya tiempo que el Sol cayó, y nos refugiábamos en el salón. La candela se había consumido hace ya un buen rato, hasta que las ascuas habían dejado de calentar. Miguel señaló que alguien debería salir a coger un poco de leña del almacen. Antonio no tardó en proponerme, y los demás, con tal de no despegar del remanente calor de las ascuas, que los mantenía alejados del insólito frío que invadía la casa, le siguieron en su propuesta.

Salí cerrando con un portazo, pues la puerta a duras penas se movía. Mis gafas rápidamente se empañaron. Me las limpié y, justo antes de ponérmelas, escuché un ruido extraño frente a mí. Miré y, aunque apenas distinguí entre la oscuridad y mi miopía, intuí algo.

El grave sonido de ultratumba, con pausas que recordaban al crujir de un portón de madera, provenía de un extraño ser de más de dos metros de alto, pelaje marrón carbonizado y ojos que titilaban conforme avanzaba posando sus manos en los troncos de su alrededor. Enseñó sus dientes, o lo que yo pensé que lo eran. Fue entonces cuando corrí.

Paralizado hacía unos segundos, me precipitaba colina abajo, esquivando árboles y deslizándome cada vez que pisaba el rocío sobre una roca. Los rugidos se lanzaban tras de mí, y me impedían girarme para ver cuán cerca se hallaba mi perseguidor.

A lo lejos, distinguí un cerco de arbustos. Planeé saltar por encima antes que rodearlos, pero cuando lo hice caí en una pequeña cueva, resguardada en la colina donde la pendiente era ya demasiada acuciante. Entre los matojos pude ver al monstruo seguir corriendo.

Estaba exhausto. ¿Qué demonios era aquello? ¿Dónde estaba? Intenté orientarme, mirando a mi alrededor. Fue entonces cuando me percaté de un detalle, un importante detalle: no llevaba las gafas. Las había pisado al salir corriendo.

Se me desprendieron de las manos la primera vez que vi a esa cosa. Ya no podía discernir dónde me hallaba. Estaba perdido. Por si fuese poco, la Luna no estaba llena, así que el bosque no estaba iluminado. ¿Qué podía hacer? Salí de mi escondite, pero todo lo que veía eran manchas de oscuridad. Con la visión desenfocada, recorría el bosque hacia la casa, colina arriba.

Frecuentemente volvía la cabeza, solo para sentir punzadas de miedo en el vientre. Sombras que se movían, a veces parecían que iban a estallar y correr, pero eran mis ojos y mi miopía los que me jugaban esas malas pasadas. Ya habría salido corriendo si pudiese, pero mis piernas, aletargadas, no respondían.

Cansado, apoyé mi espalda en un tronco y resoplé. Me volví un momento, y una sombra pareció moverse más rápido de lo normal. El crujido volvió a resonar. Incapaz de girarme de nuevo, aguanté tras el árbol, esperando que no me hubiese visto. Por mi oído parecía subir a solo unos metros detrás de mí, pero no lo podía asegurar. La débil Luna, que ahora se alzaba delante mía, me cegaba lo suficiente para que no pudiese girarme rápidamente para ver a ese monstruo y salir corriendo. Estaba atrapado.

Más, y más, y más cerca. Pisadas sobre la hojarasca. La brisa que poco antes se había levantado subió de intensidad, hasta mezclarse en mis oídos con el crujido, de talf orma que este era indistinguible. No sé cuánto tiempo estuve allí hasta que decidí volverme. Allí no había nada. Todo había sido cosa de mi miopía, la oscuridad, mi paranoia.

No podía más. Sentía ganas de gritar, llorar, y tirarme al suelo. Estaba perdido. No podía volver a la casa, y un monstruo me perseguía. ¿Qué podía hacer? Me senté en el borde del árbol y empecé a sollozar, cabizbajo.

Entre lágrimas no me percaté del soplido intermitente que se cernía sobre mi nuca. Ese traqueteo de ultratumba, como la apertura de la entrada del mismísimo infierno, fue en aumento. Pero eso apenas lo escuchaba.

4 comentarios:

  1. Nos dejas en ayunas. ¿O pretendes que cada cual imagine un final diferente?

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  2. Bueno, siento dejarte en ascuas Florentino, pero la idea con la que pensé el relato era la de mantener la atmósfera de un cuento de terror. Parece que lo he conseguido.

    Final abierto, aunque tampoco mucho, porque termina con el monstruo cerniéndose sobre el pobre protagonista. Pero si te atreves a continuar el relato, adelante!

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  3. No, no! Por qué se detiene a llorar en vez de intentar de cualquier forma regresar a la casa de campo? Bueno, es lo que hubiera hecho, aún con miopía.

    Saludos!

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  4. Deduzco que no has llevado nunca gafas... ¿Sabes la sensación de impotencia que te llena cuando estás en una piscina, que sabes que está llena de gente que conoces, pero no los saludas porque tienes más de 5 dioptrías de miopía? ¿O estás en la playa, y no puedes guiarte por los gestos faciales de tu interlocutor, aunque el crea que sí? Créeme, yo sí XD

    Y si eres incapaz de manejarte con soltura en una piscina o en la playa, mucho menos en un campo, de noche, con poca luz de la Luna, y un monstruo persiguiéndote. Vamos, creo yo, tampoco lo he experimentado. De todas maneras, anoto tu comentario ;)

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